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Nació en la costa pero fue traído rápidamente a vivir a Bogotá, junto con sus dos hermanas y su hermano. Está divorciado y tiene un hijo. Vive solo y cerca de la universidad. Su madre, ‘la negra’, los formó sola, inicialmente trabajando en un restaurante para luego ser la pionera de las ventas en la universidad. Él empezó vendiendo Frunas desde pequeño y a los 7 años se ubicó en un parqueadero que estaba en el hoy Centro Ático. En 1986 la alcaldía le permitió a su mamá tener una caseta dentro del parqueadero, en la que él ayudaba. Es en ese momento cuando empezó a relacionarse con la comunidad universitaria, pero más con los estudiantes y los hijos de las personas que allí trabajaban. Cuando tenía 9 años fue invitado a probar un diseño de caseta ideado por los estudiantes de diseño, quienes querían a un vendedor real probando el dispositivo, lo ubicaron dentro de la universidad en el edificio central. Fue en ese instante cuando se hizo conocer y, posteriormente, al ser vendido el predio del parqueadero a la universidad para ampliar su campus, se pasó a ‘básicas’.

Oscar creció en medio de la universidad y podía jugar en sus instalaciones, incluso en la morgue entre los muertos de la facultad de medicina. Los estudiantes lo cuidaron al igual que a sus hermanos, le enseñaron a leer y a sumar. En la universidad le sugirieron a su mamá que lo inscribiera en un colegio para que su educación fuera más estructurada y así fue, sin que por ello la dejaran de ayudar con sus ventas temprano en la mañana y en las noches. Terminó su bachillerato y prestó servicio militar.

Inició estudios universitarios y se casó y tuvo a su hijo, momento en que se devolvió a las ventas para sustentar la familia, en la misma esquina en donde se encuentra actualmente. Recuerda este espacio urbano antes de que se consolidara como campus, en el que había potreros, calles internas, tiendas, casas, parqueaderos, etc. En este momento, divorciado, apoya a su hija y a su madre, ya retirada. Tiene una excelente relación con los estudiantes, con quienes comparte ampliamente.

 

 

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Nació en 1982, en San Luis, Antioquia. Cuando él tenía 12 años, uno de sus siete hermanos enfermó de cáncer y se trasladaron a Bogotá, porque el tratamiento era más barato y fácil. Llegó a estudiar apoyando a su papá en el trabajo los fines de semana. En una ocasión, teniendo 12 años, cubrió a su papá vendiendo camisetas y unos clientes le preguntaron por las de ‘metal’, a lo que respondió que “no, viejo, aquí solo vendemos de trapo”, y así fue como descubrió el género musical.

Cuando tenía 17 años su novia quedó embarazada y él se retiró de los estudios y se concentró en trabajar para que a su hijo no le faltara nada. Siempre estuvo en la informalidad. En el puesto actual comenzó como bodeguero para el propietario del carro, llevando el inventario, coordinando a los proveedores, etc. Le compró el puesto al señor y lo lleva solo desde ese momento hasta hoy. Tiene tres hijos, William, el mayor (quiere estudiar licenciatura en deporte), Valentina, en el medio (estudia y vive en Ibagué), y Pablo, el más pequeño (cumple 2 años en abril). Con su pareja y madre de Pablo, Lorena Gamboa, analista de procesos, viven juntos y acaban de comprar un apartamento en el cual ver crecer a los hijos con tranquilidad. La informalidad le funciona porque puede manejar sus tiempos. Necesita la tarde libre para recoger a Pablo en el colegio a las 4:00, así que cierra a las 3:00 y está el resto de la tarde y noche con él, cuidándolo y cumpliendo con las rutinas educativas de su hijo y cocinando la cena. Cuando tuvo a William era un niño cuidando a otro, pero ahora con Pablo tiene más responsabilidad y madurez para asumir las cosas de una mejor manera. En este momento es su motor de vida y aprenden el uno del otro. En la javeriana, donde vende desde hace 20 años, ha hecho muchas amistadas, y es cotidiano verlo en compañía de estudiantes mientras trabaja.

 

 

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Nació en San Carlos, Antioquia. Era agricultor y sembraba café, caña, plátano, y en general, lo que daba la finca. Por la violencia de la zona se desplazó a Bogotá en el 1992, en donde desde un principio vende fruta, el primer y único trabajo que ha tenido en la capital. Llegó después de su hermano Francisco Javier, quien ya vendía fruta y lo instruyó sobre esta forma de trabajo. Se ubica en el Parque Nacional, esquina de la calle 36 con séptima, y vende diferentes variedades de mango. Es la fruta más fácil porque hay producción durante todo el año, excepto en los meses de agosto y septiembre, cuando escasea y su costo sube un poco, pero se consigue.

Ha buscado ofrecer más opciones como papaya, ciruela, mandarina que, aunque son menos rentables puesto que son casi siempre importadas y los precios varían, son buen negocio en los hospitales porque los visitantes compran para los enfermos (por ejemplo, las uvas, manzanas o duraznos). Darío le cedió su sitio a otro hermano que llegó a Bogotá y, con la experiencia que ya tenía en la ciudad, caminó en busca de otros lugares, como Unicentro y la Universidad Santo Tomás, hasta que llegó a la Javeriana y desde entonces se quedó en este mismo sitio. Allí comenzó vendiendo piña tajada, pues se consume mucho porque es digestiva y buena para los riñones (por eso los conductores la consumen mucho- dice Darío), y poco a poco las personas le fueron pidiendo otras cosas, así llegó a la variedad que tiene actualmente. Algunas veces no pudo complacer a sus clientes como cuando le pedían chontaduro (porque toca cocinarlo), o coco (porque es duro de abrir y produce muchos residuos), otras frutas no prosperaron, como la patilla (que no se vendía y, además, era muy delicada).

Darío recuerda que hace 15 años el andén era menos amplio, y la zona verde del costado sur del edificio de Básicas tenía una estación de gasolina, un billar y tiendas. La fachada del mismo edificio no era un jardín sino un parqueadero. El carro en el que trasporta la fruta actualmente es de color verde en homenaje a su equipo, lo hizo con su sobrino Ferney a base de repuestos para autos y madera. La Javeriana es el lugar en donde ha conseguido su sustento, así que ha desarrollado afecto y agradecimiento hacia ella.

 

 

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Nació en Bogotá. Vive en la casa que era de su mamá, en donde ella ocupa el primer piso con su hijo, mientras que su hermana está en la segunda planta. Tiene seis hermanos por parte de mamá y tres por parte de papá. Se divorció a los dos años de nacido su hijo, quien desarrolló un delicado estado de salud desde muy temprana edad, por lo que requiere de atención constante y esto le impide tener un horario fijo en un trabajo formal. Por esta razón decidió dedicarse a las ventas informales y así disponer de su propio tiempo y dedicárselo al cuidado de su hijo. Por deterioro en la salud de su madre, heredó el puesto frente al ‘tunel’ en apoyo a su hermana. Su día inicia temprano, a las 4:00 am, para arreglarse y abastecer el puesto, y termina a las 6:20 pm, cuando deja la chaza en el parqueadero y regresa a su casa. Los domingos, cada 15 días, saca un carro de fruta, aprovechando la ciclovía y el hospital.

Resultado de la experiencia, un bagaje de conocimiento empírico, generado y transmitido en familia, acompaña su trabajo, para saber, por ejemplo, la variabilidad en el consumo de productos de un tramo de la calle a otro, y así saber qué se vende en cada sitio. Su chaza fue hecha en el barrio por una amiga suya, a la medida de sus necesidades. Hasta hace poco tenía un carro grande, pero para enfrentar los giros de las políticas impuestas sobre la informalidad, se pasó a la chaza de hombros que, siendo considerablemente más pequeña, no le permite tener la misma variedad de productos por implicaciones de peso y conservación (líquidos, quesos, etc.), aunque sigue vendiendo brazos de reina, su producto favorito. En este momento está trabajando con su hijo en el puesto y piensa que una de las ventajas de estar allí es la capacidad de conocer gente. Tiene estrecha relación con la comunidad universitaria.

 

 

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Nació en Bogotá en 1969 y tiene 5 hermanos. Estudió hasta segundo de bachillerato a los 11 años, cuando se retiró para ayudar a su mamá con la venta de fruta en un puente que está en su barrio, Mariscal Sucre. En 1982 llegaron a la Javeriana con el álbum Panini de la Copa Mundial de Fútbol en España, y acá está desde entonces, pero ahora se dedicada a la dulcería. Todos los días está en su sitio desde las 6:30 am y se retira a las 6:20 am. Tiene varios tipos de clientela: estudiantes entre semana, los trabajadores y visitantes del hospital los fines de semana y vacaciones. También vende fruta con su hermana Jacqueline los fines de semana, sábados y domingos por igual, pero en estos días está un poco quieto porque el costo de la fruta subió debido a los derrumbes en las carreteras. Venden mango, papaya y banano, todo picado y en vaso, junto con jugo de naranja.

Cuando ella llegó a la Javeriana, a sus 12 años, no había casi nada en la plazoleta central. No existían la biblioteca, la estatua de Francisco Javier o el túnel (la séptima se cruzaba “a lo bestia”). Los árboles llegarían mucho después y el suelo era en piedra. Solo estaba el hospital (de donde provenía la clientela) y el Edificio Central, en cuyo primer piso había una cocina para los sacerdotes jesuitas, quienes daban alimentación, educación y actividades para los niños del barrio Mariscal Sucre. Con el tiempo construyeron el edificio Pablo VI, anterior facultad de enfermería y luego de artes, en donde el esposo de una de sus hermanas, Nicuemos Espinosa, trabajó y murió al caerse desde las alturas del auditorio, dejando cuatro hijos pequeños, que hoy en día también se dedican a las ventas informales. Gloria tiene dos hijos, Erica Alejandra Dávila y Estieben Dávila, con quienes vive en el segundo piso de la casa que era de su madre (el primero está habitado por su hermana Jacqueline y su hijo). En la Javeriana, trabajando desde niña, le ha podido dar a su familia lo que han necesitado, “sin lujos, pero a plenitud”

 

 

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Nació en Bogotá. Vive con su mamá y sus dos hijos. Su madre es de Girardot y llegó a Bogotá a los 14 años, tuvo cuatro hijos: Oscar, Jenny, Alejandro y Alejandra, quienes desde muy pequeños ayudaban a su madre con las ventas, oficio que les enseñó, estando ella ubicada en la universidad a la altura del edificio Pablo VI. Los hermanos se distribuían en diferentes lugares porque aún no era un campus sino un barrio, Oscar en ‘Básicas’, Alejandro en arquitectura y ella andaba de un lado para otro. Los estudiantes, profesores y personal de la universidad los cuidaban, los invitaban a comer, les enseñaron a leer, les regalaban juguetes, también los dejaban entrar a las clases, asistir a los eventos, llevar animales para la casa, entre otras cosas. Jenny tuvo un hijo a temprana edad, por lo que dejó el campus de la universidad y sus ventas por un periodo de 7 años. Con su segundo hijo en brazos decidió divorciarse de su pareja y regresó a la Javeriana con sus ventas informales. Nuevamente recibió ayuda de los universitarios, quienes en algunas ocasiones incluso se lo cuidaban mientras ella hacía su trabajo.

Jenny recuerda que la universidad era muy diferente, “con aire más de campo” y con presencia de algunas casas y una fábrica de dulces. En otras épocas había casetas para los vendedores, puestos de arepas, etc. No existían tantos edificios, facultades y la cancha no era sintética. Su mamá no sabía leer ni escribir, por lo que reconoce el inmenso esfuerzo que debió hacer para sacarlos a todos adelante como personas honestas y trabajadoras. Esto, por supuesto, es en gran parte producto del apoyo y cuidado que la comunidad universitaria tuvo con ellos cuando niños, de quienes aprendieron y a quienes les prestan hoy sus servicios. Recuerda lo que ha vivido como una bonita experiencia, y su meta es que sus hijos sean universitarios y amplíen sus posibilidades.

 

 

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Nació en San Carlos, Antioquia. Francisco es un campesino que en la tierra de su padre cultivaba yuca, maíz, plátano, fríjol, café, entre otras cosas. Trabajó en construcción con una empresa a la que siguió por el país, en regiones como el Tolima y Cúcuta, haciendo puentes, cunetas y carreteras; también estuvo en el negocio de los bares. Se casó y tuvo siete hijos: William (†), Ferney, Cristina, Adriana, Robinson, Jessica y Jorge. Por la violencia llegó a Bogotá en 1991. Empezó a vender fruta frente a la Universidad Distrital y luego se pasó a la Piloto porque allí había una parada de buses intermunicipales. Vendía fruta de temporada como mamoncillo, mango o pitaya.

Como consecuencia del traslado del paradero de flotas pasó a vender en los alrededores de la Javeriana, en donde su hijo Ferney ya trabajaba. Hace un cambio con su hermano Darío, quien se quedó con la fruta y él, junto con su hijo, tomaron la carreta que se turnan medio día cada uno. El negocio es atendido por Ferney en las mañanas y por Francisco desde las 3:00 pm hasta las 10:30 pm, los siete días de la semana. Gracias a esto ha hecho buena amistad con trabajadores del hospital San Ignacio, como enfermeras y doctores. Su chaza tiene luz propia, por medio de una batería que carga todas las noches y que le permite vender tranquilamente después del atardecer. Le encanta el sol y el calor, así que el frío generalizado del 2017 fue un poco duro.

 

 

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Nació en Bogotá, su familia está compuesta por su esposa, sus dos hijos y su suegra. Su madre nació en Funza y su padre en Zipaquirá. Desde los 9 años trabajaba con su padre en dos casetas en las que vendía fruta y dulcería en los alrededores de la Universidad Javeriana. Después de culminar sus estudios como bachiller, su padre le abrió el negocio que tiene desde hace más de 30 años. Fernando ha presenciado desde su puesto el crecimiento y la transformación de la universidad, como la construcción de la biblioteca y el túnel, o los nuevos edificios, y sabe que acompañará con su presencia muchos cambios más.

Su día es largo, inicia a las 4:30 am para estar en su sitio de trabajo a las 6:00 am, momento en el que ya ofrece guantes, bufandas y gorros para el frío. Es fácil reconocerlo por su frase “me encanta que llueva”, porque también vende paraguas (reconoce que no todos se lo toman con humor cuando lo dice mientras se están mojando). Se retira a las 5:00 pm para ir a las bodegas y seleccionar lo que traerá al día siguiente y los encargos de sus clientes. Su miscelánea se caracteriza por la diferencia en la oferta respecto a los demás puestos, algo ventajoso para todos porque no se hacen competencia. Con respecto a su negocio reconoce tener una mirada desarrollada e intuición para detectar tendencias; detecta qué se está usando o, incluso, pronostica accesorios que se pondrán de moda.

Lo afectó enormemente la muerte de Calidoso y fue uno de los pocos que lo pudo visitar en el hospital; tenían una amistad fuerte, que le permitía confiarle el puesto mientras hacía alguna vuelta o traía mercancía. Tiene también amistad con profesores, a quienes valora y quienes lo han valorado. Entiende que todo lo que hace es parte de una cadena que resulta en un proyecto familiar, su mayor motivación.

 

 

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Nació en 1952 en Concordia, Antioquia. Desde los 5 años ha vivido en muchas ciudades, como Medellín, Sabaneta, Envigado, Armenia y Manizales, hasta llegar a Bogotá, hace unos 25 años, con su esposo Guillermo y sus tres hijos: Liliana, Dubán y Víctor. Una vez en la capital, trabajó en el aseo de un almacén de telas hasta que este cerró, luego pasó a los restaurantes, iniciando en el platero y como ayudante de cocina, hasta ascender a cocinera (es hija única y aprendió a cocinar mirando a su mamá, hasta que se casó y empezó a preguntarle directamente por las recetas, que luego usó en los restaurantes).

Hace tres años la llamaron del hospital San Ignacio para hacerle saber que Guillermo, su esposo, quien había optado por la vida en la calle y la razón por la que estuvieron separados por 8 años, estaba muy enfermo. Ella acudió, se reencontraron y decidieron retomar la relación. Una vez lo dieron de alta, las personas allegadas a Guillermo en la Universidad Javeriana y el barrio en general, los apoyaron con el arriendo de una habitación, junto con muebles y loza. Gabriela, en solidaridad con Guillermo, trabaja en el túnel, donde él presta servicios, para que tenga compañía y sea más fácil resistirse a volver a la calle. Ella no consigue empleo debido a su edad, sin embargo, de algunos profesores y vecinos preocupados por el bienestar de esta pareja, nació la idea de proporcionarle una chaza surtida. Esto no fue fácil, porque lo que se compró inicialmente no se vendía, faltaba el conocimiento de cómo operaba ese trabajo en específico y qué se vendía en ese punto en particular. En ese momento, otros vendedores la aconsejaron en el tipo de mercancía y los proveedores, hasta que la experiencia misma le ha permitido dominar este trabajo.

Viven en el sector Atenas, arriba del 20 de Julio, desde donde deben tomar un alimentador antes de las 5:00 am para estar en el túnel a las 6:00 am. Ya lleva dos años con el puesto. Siempre tiene un paraguas con el que cubre la chaza para que los dulces no se derritan al sol.